La paradoja de la felicidad

A veces pienso que somos injustos con Woody Allen, pues hablamos de su cine como si observáramos un barómetro: “la última película me ha gustado menos que la anterior pero más que la antepenúltima y etc. etc. etc.” Tal vez sería más provechoso dejar un poco de lado la entidad individual de cada film para valorarlos como piezas de una obra vasta y compacta que, en conjunto, nos deja una prolongada y aguda reflexión sobre el hecho creativo y sobre la naturaleza humana. Sí, es posible que lo mejor de Woody Allen se circunscriba al periodo comprendido entre Annie Hall (1977) y Maridos y mujeres (1992), a la época de Manhattan, Hannah y sus hermanas o Delitos y faltas, entre otros títulos memorables; pero, en los últimos veinte años, por más que su filmografía haya sido desigual y deje en conjunto una sensación algo tibia, Allen ha mantenido una encomiable coherencia e incluso ha seguido una cierta evolución que le ha llevado a una etapa, la actual, en la que sus películas parecen una suma, quizás una reflexión final, sobre las inquietudes e indagaciones de todo el cine alleniano.

Así las cosas, nos llega To Rome with Love, o A Roma con amor, una comedia ligera que tal vez no pasará a la historia como uno de sus mejores films y cuyo título no es en vano una dedicatoria. Allen rinde tributo a Roma como lo hizo antes a París o a Londres, pero no se trata exactamente de películas “de viajes”: lo que le interesa al cineasta es recorrer el paisaje simbólico del cine, al territorio del rico poso cinematográfico y cultural sobre el que descansa toda su obra. Fijándonos en la singularidad de sus películas y de su personalidad, nos puede pasar por alto que Allen ha sido también una pieza importante del puzle de la modernidad, pues, como Truffaut o Godard, ha sido un cineasta cinéfilo y un cineasta lector, un tipo que ha basado su obra en un cierto sentido de la exégesis y lo ha poblado de referencias a Bergman, a Fellini, al género negro, a Tolstoi, a Dostoyevski, a Chejov…

En A Roma con amor, los guiños al cine italiano neorrealista y posterior son abundantes y a menudo muy evidentes. Y si el film muestra imágenes de postal, escenarios tópicos y situaciones trilladas, no es tanto por una boba debilidad como por recorrer un territorio icónico, un laberinto de referencias. Los escenarios a A Roma con amor tienen necesariamente que ser así porque Allen recorre la capital italiana indagando los espacios de las películas de Rossellini o De Sica, convirtiendo la ciudad en el espectro del cine que fue y que ya sólo pervive en la memoria cinéfila del cineasta y del espectador. Roma, la ciudad de las ruinas de una civilización milenaria, se erige también en la huella física, muy física, de la historia del cine.

Por su forma, A Roma con amor puede hacernos pensar en una de sus películas más reputadas de estos últimos irregulares veinte años: en Desmontando a Harry (Deconstructing Harry, 1997), la figura del cineasta ya quedaba, como en la que hoy nos ocupa, representada por varios personajes en diferentes historias que se complementaban. Woody Allen está en el personaje de Alec Baldwin, un demiurgo que controla o glosa los resortes de una historia de pasión fatídica que tal vez sólo transcurra en su cabeza; Woody Allen está en el personaje de Roberto Benigni, el tipo corriente que se ve inopinadamente envuelto en una espiral de fama y reconocimiento que le angustia y alimenta su ego a la vez; Woody Allen es Woody Allen, el artista retirado que aún indaga la belleza, que todavía cree que puede mostrar al público algo definitivo, algo rotundo, algo que colme sus inquietudes… O no. A Roma con amor, a través de todas sus historias (incluida la que aún no hemos citado, la de una pareja de recién casados extraviada en más de un sentido que fusiona los tonos del cine italiano de los años cuarenta y cincuenta con el del cine de Allen), incide finalmente en el tema mayor de sus últimas películas y tal vez de toda su filmografía, esto es, la paradoja irresoluble de la felicidad y de la satisfacción. Especialmente, de la satisfacción creativa. Si, en Midnight in Paris, la admiración por un pasado idealizado se revelaba como un cul-de-sac, como la constatación de la inexistencia de una arcadia creativa, en A Roma con amor nos enfrentamos a la irresoluble paradoja del reconocimiento, de la pasión y de la búsqueda de un ideal inalcanzable.

Las últimas películas de Allen rezuman una íntima melancolía, como si, después de cuarenta años de filmografía, el cineasta hubiera llegado a la conclusión de que no es un objetivo lo que justifica un film sino la propia indagación de ese objetivo que deviene inefable, como inefable es también el cine clásico, el legado de las obras maestras del cine italiano o universal, una grandeza de la que sólo podemos filmar ahora las ruinas, los espacios espectrales de la ciudad milenaria. Y, al fin y al cabo, ¿no es ésa también una reflexión válida sobre la vida en sí, sobre nuestra pobre condición, sobre la búsqueda de una felicidad idealizada y siempre huidiza? Véase al respecto You Will Meet a Tall Dark Stranger (2010), quizás uno de sus films más amargos. El cine de Allen, como el de otros maestros, conforma un particular humanismo, una manera de glosar a la vez los vericuetos del cine y los avatares del ser humano en su tránsito, a la vez exaltante y patético, por este mundo.

(Publicado en Sigue leyendo)

 

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