Recuerdos de la casa del cine

El azar ha querido que, mientras la actualidad de los medios de comunicación venía marcada por las elecciones presidenciales francesas, el Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona (D’A 2012) haya servido para constatar que también en el cine Francia es actualmente una referencia insubstituible. El D’A 2012, celebrado entre el 27 de abril y el 6 de mayo, más una retrospectiva que concluirá el 17 de mayo, ha resultado una virtual muestra de cine europeo, enfoque en absoluto reprochable pues ha quedado patente que hay hoy en día cineastas fundamentales que están explorando nuevos caminos partiendo de la rica tradición de las cinematografías europeas y sus múltiples “modernidades”. Y, como decíamos, es muy notable la centralidad que ocupa en este sentido el cine francés y el legado de la Nouvelle Vague.

Un amour de jeunesse, de Mia Hansen-Love, historia de un primer amor que parece sustentarse en un poso cinéfilo formado por reminiscencias del cine de Eric Rohmer o de Un verano con Mónica (I. Bergman), o Les Bien-aimés, de Christophe Honoré, que rinde tributo y de alguna manera actualiza los presupuestos cinematográficos de la obra de Jacques Demy, son sin duda películas herederas de la Nouvelle Vague[i]. Pero también lo son, aunque parezca menos evidente, otras dos grandes obras exhibidas en la muestra: L’Apollonide. Souvenirs de la maison close (un título que bien aplicarse al festival en su conjunto), de Bertrand Bonello, lejana descendiente de Le Plaisir, de Max Ophüls, que nos devuelve al decadentismo del cine de Visconti y que quiebra la separación entre tradición y modernidad, entre pasado y presente; y Hors Satan, de Bruno Dumont, una especie de evangelio apócrifo moderno que parece beber de fuentes como el cine de Pasollini o el de Dreyer.

A esas películas hay que sumar, por supuesto, la obra completa de Claire Denis, revisada en la retrospectiva del D’A 2012. Denis es también francesa y una cineasta-cinéfila cuyas películas se cimentan sobre una rica base de tradición cinematográfica acumulada. Sus films, nunca estrenados en España salvo White Material (Una mujer en África), representan en conjunto una fascinante exploración del ser humano, de nuestras debilidades, pulsiones, temores, imperfecciones, casi un cine antropológico que se expande hacia territorios diversos e inesperados: hay alguna rémora de cine de terror en Trouble Every Day, algo de thriller en S’en fout la mort, algo de historia de amor en Vendredi soir, algo de cine bélico en Beau Travail, algo de melodrama en Chocolat… Pero no estamos hablando de películas de género, ni mucho menos, sino de obras inestables, indefinidas, vivísimas, en las que lo más importante es una determinada cualidad del tiempo, una cierta captación de los gestos, de las acciones y reacciones de los humanos.

Recorre también el cine de Denis una melancolía (véase, por ejemplo, la bella languidez de 35 rhums) que puede considerarse otro de los rasgos recurrentes en las películas del D’A 2012, pues algunas de las más significativas han abundado en cuestiones como la futilidad de la felicidad, la imposibilidad del amor, las separaciones traumáticas, la decadencia de la pasión… Como si los cineastas de ahora estuvieran reflejando un sentimiento de desesperanza muy de nuestro tiempo. Es el caso de la brasileña O abismo prateado (Karim Aïnouz) o de la arrebatadora The Deep Blue Sea (Terence Davies), un film que, como L’Apollonide, encuentra el tono de una honda melancolía, de una profunda decadencia, mediante una oblicua evocación del tiempo pasado.

El cine de Terence Davies está hecho de recuerdos personales, de experiencias históricas y, de nuevo, de ricos sustratos cinematográficos, rasgo definitivamente recurrente en el cine que hemos visto en el D’A 2012. También de recuerdos personales y otros materiales cinéfilos se compone Ensayo final para utopía, del español Andrés Duque, una bendita rareza en la que imágenes documentales, filmaciones familiares y otras imágenes azarosas forman un collage inarmónicamente armónico. Una hechura más o menos parecida tiene Buenas noches España, última ida de olla del filipino Raya Martin, que sigue explorando extravíos deliciosamente radicales de todas las estructuras de lo cinematográfico. Y es también una cierta idea de extravío la que parece inspirar otro de los films más raros y más remarcables de la muestra, El senyor ha fet en mi meravelles, de Albert Serra. En respuesta a una carta cinematográfica de Lisandro Alonso para el proyecto de correspondencia filmada del CCCB, Serra ha filmado un fake sobre el rodaje de una hipotética película suya a base de tiempos muertos, de descartes, de anécdotas inanes, componiendo así una especie de film fuera del cine.

Y, si la espléndida Sangue do meu sangue (João Canijo) parece nutrirse del legado del neorrealismo y de Rocco y sus hermanos, otras películas exhibidas nos hacen pensar en reminiscencias mucho más cercanas, en inspiraciones procedentes del cine europeo de los últimos años. Parece evidente la influencia, por ejemplo, del cine de los hermanos Dardenne en Sette opere di misericordia (Massimiliano y Gianluca De Serio, también hermanos) film italiano de ambiente marginal a lo Rosetta desigual pero apreciable, o la huella de Apichatpong Weerasethakul en la estimulante Los viejos (Martín Boulocq), película sustentada sobre una manera de abordar la captación cinematográfica del tiempo que nos puede hacer pensar, por ejemplo, en Blissfully Yours. Y otro film sobre un quebradizo enamoramiento de juventud, Loverboy (Catalin Mitulescu), comparte algunos de los rasgos del cine de otros realizadores rumanos contemporáneos muy notables como Cristi Puiu, Corneliu Porumboiu o Radu Muntean.

Por último, digamos que incluso las dos pinceladas de cine americano que nos ha dejado la muestra son, cada una a su manera, muy europeas. Into the Abyss es el último documental del alemán Werner Herzog, cada vez más interesado por el cine y la sociedad estadounidenses. Herzog, cineasta fascinado por la ambición y la locura, por los extremos de la naturaleza humana, ha realizado algo así como su particular versión de A sangre fría. Y Walk Away Renee, de Jonathan Caouette, es una muestra de cine documental en primera persona en la línea de Alan Berliner o Nanni Moretti[ii].

(Publicado en Sigue leyendo)


[i] Ambas películas podrían formar un caprichoso tríptico con Declaración de guerra (Valérie Donzelli), que comentamos aquí recientemente y que también es la obra de una joven cineasta francesa en la que se hace patente la herencia de la Nouvelle Vague en general y de Jacques Demy en particular.

[ii] Por citar dos excepciones, dos films destacables del festival en los que puede notarse una fructífera influencia del cine americano, podemos destacar la belga Rundskop (Bullhead), de Michaël R. Roskam, una suerte de Taxi Driver de ambiente rural y flamenco, o la hongkonesa Dyut meng gam (Life Without Principle), un trabajo relativamente menor pero no desdeñable de Johnnie To.

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