Batman contra el Doctor Mabuse

No crean en el fantástico, ni en la ciencia-ficción, ni en nada por el estilo: el cine siempre trata sobre aquí y ahora. En El caballero oscuro. La leyenda renace (interminable título español de The Dark Knight Rises, tercera parte de la suntuosa adaptación de los cómics de Batman que ha realizado Cristopher Nolan), la América de principios del siglo XXI es tan reconocible que, de hecho, la película empieza con un vuelo ilegal -o sea, un secuestro- de la CIA. Y, como en tantas otras películas, la trama acaba girando en torno a la amenaza de destrucción total que se cierne sobre Nueva York (o Gotham City[i]), el 11-S redivivo por enésima vez en la pantalla.

No es ninguna novedad que este tipo de cine refleje las contradicciones de la sociedad americana y los temores íntimos de una nación que ha hecho del miedo a la amenaza exterior (Alien, claro) su razón de ser. Lo atrayente de The Dark Knight Rises es que, como ya hacía más o menos su predecesora The Dark Knight, trata sobre una gran conspiración latente que recorre literalmente el subsuelo de la civilización, de Gotham City. Es decir, nos sitúa de nuevo ante un gran tema del periodo alemán del cine de Fritz Lang, las películas filmadas durante los años de la república de Weimar en las que se palpa la amenaza del ascenso del nacionalsocialismo, identificable detrás de las tenebrosas corruptelas y confabulaciones de poderosos malvados que nos describen esos films. El doctor Mabuse (1922) y Spione (1928), por citar dos ejemplos palmarios, son claros antecedentes de la trilogía de Nolan sobre Batman. Y no puede ser casual que surja ahora ese tipo de inspiración. Lang filmó esos films en la Alemania de la postguerra y la depresión, un periodo de tensión social, incertidumbre y pánico que, tal y como parecían anticipar sus películas, condujo a un nuevo y desconocido horror. Ahora, en pleno derrumbamiento de nuestro sistema, en el corazón de una crisis que nadie sabe adónde nos llevará, la América de Nolan se encuentra también a las puertas de un horror inconcreto, amenazada por un colapso social de naturaleza impredecible. Tampoco es azaroso que la conspiración de The Dark Knight Rises surja de los desheredados, de gente sin futuro y radicalizada que entrega su vida con fervor religioso. Hágase si se quiere una lectura anticomunista o antifascista de la trama, tanto da; lo evidente es que el germen de la nueva catástrofe se sitúa en la desesperación de los desposeídos de esta sociedad, de este capitalismo, de esta crisis.

The Dark Knight Rises me gusta y me disgusta por diferentes motivos. Nolan es un realizador virtuoso con un gran control de la puesta en escena (encuadra con elegancia, mueve la cámara con criterio, crea una atmósfera densa y rica en matices…); pero me resulta incluso relamido, poco espontáneo, y sus films, como este último, acaban pecando de convencionales en cosas como esos plúmbeos finales larguísimos, tan hollywoodienses, sembrados de persecuciones, explosiones y peleas inacabables, todo aderezado con una música estridente y una agotadora profusión de planos. El montaje de The Dark Knight Rises es también digno de análisis, porque no hay duda de que está muy logrado -a lo largo de casi tres horas densísimas, se entiende lo que pasa en todo momento y el ritmo es trepidante- pero, a la vez, muestra las limitaciones y contradicciones de ese estilo demasiado perfecto de Nolan en el que se ha perdido un poco el placer de mirar. Un ejemplo muy concreto: cómo me apenó ver que, en mitad de la película, el primer plano de una sugerente caída de ojos de Anne Hathaway es cortado demasiado pronto, sin dejarnos paladear un momento de genuina presencia cinematográfica de la actriz[ii]. De hecho, el trabajo con los actores nos muestra también una de las facetas más convencionales de la puesta en escena de Nolan, que escoge un elenco reputadísimo pero lo utiliza de manera impersonal, como actuaría en cualquier otra película norteamericana. La mayoría de las veces, en el cine americano o a la americana, tengo la sensación de estar viendo siempre las mismas expresiones, los mismos gestos, y de estar oyendo siempre la misma manera de declamar. Nolan no sale tampoco de ahí.

En cambio, me gusta lo que tiene la película de raro, de arriesgado, especialmente su manera de imprimir un ritmo narrativo asfixiante, del todo ajeno a las modulaciones convencionales del cine de Hollywood, cosa que también se daba en la segunda parte de la trilogía y en otras películas de Nolan. The Dark Knight Rises, un film sobre la conspiración silenciosa y la angustia ante el horror que vendrá, encuentra acertadamente su hechura en ese exceso rítmico que quiebra nuestras rutinas como espectadores y nos sitúa en el reino del desasosiego. Algo parecido al estrés insoportable que domina The Hurt Locker (Kathryn Bigelow), película muy cercana a la que nos ocupa por diversos motivos y que, por cierto, está realizada con menos destreza pero quizás con más viveza, con más urgencia. Y, por supuesto, nos encontramos también en un terreno común al de Take Shelter (Jeff Nichols), condensación de la enajenación que caracteriza esta dichosa crisis de nuestro presente, sin duda uno de los más importantes films americanos recientes. De hecho, puede que esté también en Take Shelter la huella de M, el vampiro de Düsseldorf (1931). Diríase que el cine alemán de Fritz Lang nos vuelve a visitar como si fuera un espectro que recorre el cine americano actual para advertirnos de algo[iii].


[i] El periodista Enric González, en su anecdotario Historias de Nueva York (RBA), explica una salerosa descripción de la ciudad que se inventaron en Marvel Comics: la parte sur de Manhattan (Downtown) es Gotham, la ciudad de Batman, un entorno nocturno y lluvioso de espacios angostos; la parte central (Midtown), es Metrópolis, la ciudad de Superman, un lugar soleado y surcado por grandes avenidas; y el norte de la isla, Harlem… es Harlem.

[ii] El montaje es una cuestión sutilísima: un segundo o unas décimas de segundo son cruciales para el significado de cada plano y del discurso de la película en general. Recomiendo, al respecto, ver la maravillosa Où gît votre sourire enfoui? (Pedro Costa), en la que Jean-Marie Straub y Danièle Huillet desgranan, entre otras cosas, cómo se construye una película escogiendo con sumo cuidado, fotograma a fotograma, el momento en el que empieza y acaba cada plano.

[iii] No querría acabar sin hacer mención a la matanza que hubo en un cine de Denver, en el corazón de los Estados Unidos, donde un desequilibrado disparó al público en el estreno de The Dark Knight Rises. Sin conocer los detalles del caso, me aventuro a lanzar la hipótesis de que tal vez ese terrible episodio sea también un síntoma de algo grave que se está cociendo detrás de toda esta maldita crisis.

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