El tiempo del amor

Lo que más llama la atención en las películas de Wes Anderson es un privilegiado dominio de la puesta en escena que se despliega con una harmonía prodigiosa y, sobre todo, con una guasa incontenible, una retranca que nos hace pensar en el cine de Aki Kaurismäki[i], con el que comparte un tipo de socarronería sutil e impertérrita.

De hecho, Moonrise Kingdom, la última película de Anderson, tiene algunos rasgos en común con la última de Kaurismäki, Le Havre: la figura del preadolescente evadido, la exaltación de la libertad y la rebeldía en contra del encorsetamiento de las leyes injustas y las convenciones sociales, el triunfo final de la fraternidad. En ese sentido, respiran ambas películas un cierto humanismo muy propio de Renoir, visible sobre todo en esa manera de mostrar a sus personajes a la vez con recochineo y con ternura.

Anderson ha bebido sin duda de Renoir y de otras ricas fuentes del cine europeo, pero Moonrise Kingdom se apoya sobre todo en el poso dejado por el cine americano. Esa puesta en escena prodigiosa a la que nos referíamos antes alude en todo momento a las formas dadas del cine de Hollywood: un cierto tipo de diálogos, una cierta manera de declamarlos, una cierta manera de narrar… La hechura aparentemente clásica de la película es de inmediato subvertida por esa ironía finísima que nos invita, a los espectadores, a adquirir una determinada distancia, una perspectiva desde la que nuestro bagaje cinéfilo nos permite descubrir un nuevo cine o una nueva faceta del cine narrativo, o clásico, o americano.

No es casualidad que el film transcurra en mitad de los sesenta, época crucial para las metamorfosis del cine americano del clasicismo a la modernidad, ni que utilice, siempre con ese distanciamiento jocoso, rasgos estilísticos típicos de la época como el uso del teleobjetivo, los fuertes movimientos de zoom o la split screen. Anderson apela directamente al recuerdo del cine ya visto, al sedimento que reside en nuestra memoria de espectadores. Además, volver sobre los pasos del cine americano es también revisar la visión del sueño americano en el cine, reconsiderarlo de nuevo desde la perspectiva de ahora: en Moonrise Kingdom, el distanciamiento respecto a las fórmulas tópicas del cine y respecto a las convenciones sociales van de la mano, configurando así un polifónico canto a la libertad muy propio de un momento, como el actual, de fuerte tensión entre lo conservador y lo liberal. Tampoco es azaroso que la trama trascurra entre el ambiente de un campamento boy scout y el de una familia convencional, instituciones transmisoras de los valores tradicionales de la sociedad estadounidense. Ni que la trama trate sobre el amor en rebeldía de dos púberes inadaptados, un tema que nos puede recordar, por ejemplo, a Rebelde sin causa; quizás haya algo también de la energía y del espíritu inconformista de Nicholas Ray en el cine de Anderson.

Pero nótese, sobre todo, que Anderson no enmienda el cine tradicional americano, sino que lo revisita y lo redimensiona. Al fin y al cabo, Moonrise Kingdom, como todas sus películas anteriores, es un prodigio de escritura y realización impecables: los diálogos son irresistibles, el ritmo es electrizante, los personajes son magníficos y también lo es su plasmación en la pantalla mediante unos actores exquisitamente escogidos y dirigidos… Y cada plano está milimétricamente encuadrado y montado para tener un significado exacto y una eufonía perfecta, como si estuviéramos leyendo a Flaubert.

Hay en Moonrise Kingdom muchas escenas ejemplares, momentos impactantes por su poderosa ejecución, como el flashback que nos muestra el flechazo entre los dos jóvenes protagonistas, o la secuencia de su declaración en las rocas y de su primer beso en la orilla mientras suena Le Temps de l’amour de Françoise Hardy. Anderson, como decíamos al principio, domina ese raro arte de la puesta en escena, la alquimia privilegiada de los cineastas clásicos americanos, de Ford, Hawks, Vidor, etc.

Por lo tanto, tras esa socarronería, no hay una burla sino un distanciamiento a la vez ácido y cariñoso. El cine humanista de Anderson observa las ridiculeces y las grandezas de los seres humanos desde esa ecuanimidad que permite el reírse de uno mismo, en este caso de nosotros mismos como colectivo, como sociedad, como especie (fijémonos en la inteligencia de su anterior película, Fantastic Mr. Fox, en la que nos hablaba también de nuestra miseria y nobleza desde el juego de convertir a los humanos en zorros). Anderson es, de largo, la figura más importante de la comedia americana actual, quizás junto a Greg Mottola, cuya Adventureland, otra película fundamental, también está protagonizada por adolescentes enamorados que tratan de salvar las dificultades que les impone la sociedad en su tránsito hacia la libertad y la realización personal.

Por esa bellísima precisión de la puesta en escena, por ese distanciamiento cómico irresistible, por esa harmonía deliciosa y ese humanismo contagioso, las películas de Anderson tienen una cualidad especial que las convierte en algo precioso, alguna cosa que hace que no sólo se disfruten sino que también se amen. Por eso, Moonrise Kingdom, esta comedia después de la comedia, este pedacito de postcine que es a la vez un tributo y una superación, tiene ese no sé qué de las películas como ¡Hatari! o Me siento rejuvenecer que nos hacen quererlas de una manera especial y sentirnos muy libres cuando las vemos y muy azorados cuando terminan, se encienden las luces de la sala y no hay más remedio que volver a la dichosa realidad.

(Publicado en Sigue leyendo)


[i] Quien ya tenía un primo cinematográfico estadounidense, Jim Jarmusch, especialmente por esas películas de los ochenta (Stranger than Paradise, Down by Law, Mistery Train) que parecen compartir tal cual la atmósfera de las de Kaurismäki. De hecho, ambos cineastas establecieron una suerte de diálogo en el último episodio de Night on Earth (Juarmusch), que transcurría en Helsinki y estaba protagonizado por uno de los actores favoritos de Kaurismäki, el malogrado Matti Pellonpää.

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