El eclipse de la racionalidad

Algunas películas producen la rara sensación de ser inevitables, como si necesariamente hubieran tenido que aparecer justo en el momento en el que surgieron. Ésa es la impresión que me ha producido Take Shelter, segundo largometraje de Jeff Nichols y último hallazgo del cine americano, un film que parece condensar, por así decirlo, el sentir contemporáneo, el espíritu de esta crisis polifacética que nos rodea.

Un padre de familia normal y corriente de la América interior que lleva una vida inmaculadamente convencional y conservadora empieza a sufrir terribles pesadillas y alucinaciones que parecen profetizar una catástrofe: tormentas enormes, lluvias corruptas, animales que se vuelven agresivos, hombres poseídos por un mal indefinido… La paranoia lo va dominando y va destruyendo su plácida existencia: desatiende sus responsabilidades, pierde el control de su economía, se vuelve taciturno y esquivo, acaba en el paro y pone en peligro su matrimonio mientras se obceca en construir un refugio para proteger a su familia, especialmente a su única hija, de un peligro desconocido que siente como algo inminente.

Decíamos que Take Shelter parece una película inevitable porque, seguramente, condensa las paranoias del pueblo estadounidense de este agitado inicio del siglo XXI: la obsesión por la seguridad y por la amenaza externa que exacerbaron el 11S y la política del gobierno de G. W. Bush, y la inestabilidad provocada por el descalabro económico acontecido a partir de 2008, cuando se colapsó el corazón del capitalismo especulativo y toda la sociedad norteamericana, y el resto del mundo con ella, entró en una nueva fase de inseguridad, retrocesos sociales, paro y demás penalidades.

De todo ese caldo de cultivo surge Curtis, el personaje central de la película que es interpretado por Michael Shannon, un actor que se está convirtiendo en una de las figuras importantes del cine americano actual y que, con su impactante composición en Take Shelter, parece haber creado el Travis Bickle (Taxi Driver) de nuestra década, la figura emblemática de un individuo enajenado que condensa el dolor interior de la sociedad americana en un instante traumático: después de Vietnam, en la película de Scorsese, y después del 11S y del crack financiero en la de Nichols… ¿o antes de la tormenta?

Take Shelter puede tener un parentesco claro con el cine de la demencia y el dolor de Scorsese o de Paul Schrader, pero también nos puede recordar poderosamente a Sacrificio (1986), último largometraje de Andrei Tarkovsky, en la que un padre de familia, ante la inminencia de una guerra nuclear, suplicaba a Dios la salvación de su familia a cambio de su propia perdición. El personaje interpretado por Michael Shannon en Take Shelter es tal vez una variación del que encarnaba en Sacrificio el gran Erland Josephson, amigo y colaborador habitual de Ingmar Bergman que nos dejó el 25 de febrero pasado. La película de Jeff Nichols desborda el marco del cine americano y se sitúa también en la estela de un cierto cine místico, principalmente europeo, cuyos maestros han sido precisamente Bergman y Tarkovsky.

Por eso, además, Take Shelter no sólo guarda concomitancias sino que casi forma un díptico involuntario con otra gran película estadounidense y recentísima sobre el apocalipsis: 4:44 Last Day on Earth (2011), de Abel Ferrara, que no se ha estrenado hasta ahora en nuestros cines pero se proyectó en el último festival de Sitges. Ferrara, el realizador de cultura católica por excelencia del cine americano actual, un autor no sólo místico sin obsesionado por el pecado, ha firmado un film sobre la condena de la humanidad sumamente inquietante que, como el de Nichols, tenía que surgir necesariamente ahora, es un producto inevitable del estado de las cosas en este momento de crisis y desconcierto.

4:44 Last Day on Earth plantea la posibilidad de que se haga realidad la idea de un desastre natural que aniquile a la humanidad. En Take Shelter, cabe la doble posibilidad de que la paranoia del protagonista se convierta en realidad o que sea la propia enajenación de Curtis la que provoque la catástrofe, que la propia obsesión empuje a la materialización del horror (al fin y al cabo, ¿no ha sido la guerra de Irak un infierno para la sociedad americana que ha causado su propio gobierno apoyándose en la paranoia colectiva estadounidense?). No sabemos si todo se produce en la cabeza del loco, o si será el loco quien provocará la tragedia o si, en realidad, el loco es un profeta, la voz que anuncia el apocalipsis al que América se ha condenado irremisiblemente. El propio Curtis indaga en las raíces de su mal, en la esquizofrenia de su progenitora, y se atormenta por el carácter hereditario de esa condena, que afecta directamente a su hija, afectada ya por la incomunicación que le provoca su sordera (como, por cierto, al hijo de Erland Josephson en Sacrificio).

El film desemboca en un genial doble final que cierra deliberadamente en falso el recorrido del protagonista: primero, una catarsis purificadora que concluiría la película a la manera convencional del cine americano, y luego, una especie de epílogo que pone en duda esa catarsis y confunde definitivamente los límites entre la mente y la realidad, entre la locura y la profecía. Ese eclipse de la racionalidad que acontece al final de Take Shelter representa la más precisa plasmación cinematográfica de los efectos de la actual crisis en la humanidad, la inseguridad de no saber cuál es la dimensión real del desastre ni si lo estamos provocando entre todos con nuestra propia obsesión en lugar de tirar adelante, como intenta hacer la mujer de Curtis (Jessica Chastain, otra actriz que está ganando peso rápidamente en el cine americano y que aparecía en la otra gran película mística americana del 2011, El árbol de la vida, elegía sobre el principio y el final de todo para una época de crisis total).

De hecho, Take Shelter y 4:44 Last Day on Earth entroncan con una faceta típica del cine fantástico de siempre, la angustiosa constatación de que el horror está ahí fuera, de que nos hablan indirectamente de algo que nos espera a la salida del cine, en la realidad. Gracias a algunos autores como Nichols y Ferrara, el género fantástico está mutando, adoptando una forma más abstracta, una nueva modernidad adaptada a nuestro tiempo. En ese sentido, es imperativo aludir a la contribución de M. Night Shyamalan, una de las piedras angulares del cine americano actual. Especialmente, Signs (Señales, 2002) y The Happening (El incidente, 2008) parecen claros precedentes de Take Shelter: el padre obsesionado por la protección de su prole en Signs, la naturaleza que condena a la raza humana en The Happening… Y todo parece desembocar inevitablemente en la secuencia final de Take Shelter, que quedará como un momento emblemático del cine americano de ahora: esa escena en la que acontece por fin la catástrofe y, por un cambio de punto de vista en el que son la mujer y la hija de Curtis las que perciben los signos de la tormenta incipiente, sabemos que hemos rebasado los límites de la mente del protagonista y estamos asistiendo o bien a una paranoia colectiva, o bien a la llegada real del apocalipsis. En la realidad del film o en la realidad, sin más.

(Publicado en Sigue leyendo)

 

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