Tributo y superación

La Guerre est déclarée (Declaración de guerra) empieza como Jules et Jim y acaba como Los cuatrocientos golpes: un plano de la pareja protagonista corriendo a través de un puente parisino parece citar, al principio de la película, uno de los momentos más famosos de Jules et Jim, mientras que el final de la película, en el que la misma pareja y su primogénito corren por la playa en invierno, evoca inequívocamente el mil veces homenajeado final de Los cuatrocientos golpes. Por estos dos instantes y por todo lo que discurre entre ellos, el segundo largometraje de Valérie Donzelli[i] resulta un conmovedor tributo al cine de François Truffaut y un retorno a sus temas, a sus situaciones, a su atmósfera, a un tipo de cine en el que parece que la vida se cuele por todas las rendijas.

De hecho, en el cine francés actual abunda esa tendencia a revisitar una cierta herencia de la Nouvelle Vague. Mientras Philippe Garrel explora la cicatriz interior dejada por el mayo del 68, las películas de Mia Hansen-Love y Christophe Honoré, o algunas de François Ozon y Arnaud Desplechin, por poner algunos ejemplos, se suman a La Guerre est déclarée en lo que podríamos caracterizar como un acercamiento a la faceta más luminosa de la Nouvelle Vague. Me refiero a la contagiosa vitalidad de Truffaut pero también de Jacques Demy, de los cuentos morales de Éric Rohmer, de algunas de las primeras películas de Godard… Donzelli y compañía recuperan un acento típico de ese cine francés de finales de los años cincuenta y de los sesenta en el que el cine y la propia vida cobraban una intensidad arrebatadora, una belleza deslumbrante.

La Guerre est déclarée resume muy bien la manera como los cineastas franceses de ahora se están acercando a la tradición establecida por la Nouvelle Vague para rendir tributo y, a la vez, superar esa herencia y emanciparse. El film de Donzelli nos habla de una pareja que, en el cénit de su dicha, recibe un duro golpe al tener que afrontar un grave tipo de cáncer de su hijo de 18 meses. En la primera parte de la película vemos, pues, como un estado de inocencia y felicidad se trunca bruscamente y deviene en tragedia. Los planos insertos de sangre captada por un microscopio, fluyendo en el interior de un cuerpo, nos sugieren, antes de conocer el diagnóstico, que algo maligno corre por dentro del bebé, que esa inocencia primigenia contenía en su interior el mecanismo de su propia corrupción. Esa luminosidad de las primeras secuencias que tanto nos hacen pensar en Truffaut se enmienda a sí misma diciéndonos que no se va a dejar reproducir, que es algo pasajero e irrecuperable, que el legado de la Nouvelle Vague no puede ser fosilizado y revisitado tal cual fue a estas alturas de la película (en cierta manera, como también en la vida real la felicidad encierra siempre el germen de su propio final, pues en La Guerre est déclarée, insisto, la vida parece colarse en cada plano igual que en los films de Truffaut).

El tiempo no pasa en balde. La Nouvelle Vague fue el, digamos, instante de modernidad por antonomasia del cine francés o del cine en general; no obstante, han transcurrido cincuenta años desde entonces. Se trata, por lo tanto, de una modernidad veterana, algo que subsiste sedimentado en el fondo del cine actual desde hace ya mucho tiempo. Por eso, cineastas como Donzelli se acercan a esa tradición desde el punto de vista de una generación claramente posterior que se reclama heredera y, a la vez, renovadora de aquella modernidad. Fijémonos en dos instantes muy significativos de La Guerre est déclarée. En uno, cuando la protagonista (que interpreta la propia Donzelli) es informada de que su hijo tiene un tumor cerebral, se echa a correr sin sentido por los pasillos del hospital. La filmación de ese arrebato mediante planos inestables, desencuadrados y tal vez desenfocados, rompe por completo con el estilo de todo lo que hemos visto hasta entonces: pasamos del acento truffautiano a otra cosa que rasga por completo el trazado anterior del film. En otra escena, la protagonista y su pareja (que interpreta Jérémie Elkaïm, coguionista del film junto a Donzelli) se cantan el uno al otro desde la distancia en un inesperado aparte musical que nos recuerda inevitablemente a algunas películas de Christophe Honoré, concretamente Les Chansons d’amour y La Belle personne. Esas fugas hacia “lo raro” -un tipo de extravagancias que, de hecho, nos recuerdan a las de los propios Truffaut, Godard, etc.- nos dan una clave importante, es decir, nos enseñan cómo Donzelli parte de la tradición de Truffaut para rendirle homenaje y, al mismo tiempo, conducirla hacia nuevos territorios, explorar una nueva modernidad. Así actúan los herederos de la Nouvelle Vague.

Quien dice herederos, puede decir también descendientes. Las concomitancias de la película van más allá del cine francés de los sesenta o de ahora, pues La Guerre est déclarée tiene cosas en común con Los descendientes, de Alexander Payne, estrenada hace unas semanas, un film que nos habla también de cómo un núcleo de frágiles seres humanos ha de afrontar un desgarro, una muerte, pasando cuentas con el pasado y asumiendo a la vez que la huella de lo perdido permanecerá siempre ahí, incorporada a la nueva vida, que el resurgir implica asumir la herencia del pasado y superarla al mismo tiempo. Otro gran film norteamericano del 2011, Paul, de Greg Mottola, coincide también con La Guerre est déclarée en realizar un ejercicio similar de tributo y superación de una tradición del cine americano que representó un tipo de modernidad allá por los años setenta. Más o menos, como en el cine de M. Night Shyamalan, un cineasta capital de nuestro tiempo… Por lo tanto, podemos comprobar que dentro del cine estadounidense discurren ahora corrientes profundas análogas a las del cine francés, que ambos buscan un nuevo espacio de modernidad mirándose en el espejo de los “antiguos modernos”, de sus antecesores directos. Sirva este ejemplo para demostrar una vez más, si es necesario, que el cine no tiene fronteras pues es un lenguaje universal común a todos los países, a todas las tradiciones.

Pero volvamos al film que nos ocupa. Decíamos que la última escena de La Guerre est déclarée aparenta citar el famoso plano final de Los cuatrocientos golpes en el que, recordemos, el fugitivo preadolescente Antoine Doinel (Jean-Pierre Léaud) corre por la playa en dirección al mar para acabar bordeando la orilla con la mirada en el infinito hasta que se congela la imagen dejándonos con un primer plano suyo lleno de incertidumbre. En la película de Donzelli,  que concluye con un genuino happy ending, un niño corre también hacia el mar pero con él corren sus padres y, en el último plano, los tres miran abrazados hacia el horizonte situándose, al contrario que en el plano de Antoine Doinel, de espaldas a la cámara. Esa variación respecto a la escena homenajeada parece sugerirnos una idea optimista del cine, como si Donzelli nos quisiera decir que la herencia de la Nouvelle Vague no ha caído en saco roto y que sus descendientes sabrán encontrar nuevos caminos de libertad. Que no se podrá reproducir el cine tal y como fue pero que, de alguna manera, se reencontrará esa luminosidad, esa emotiva vitalidad que transpiran las imágenes imborrables de Besos robados, Las señoritas de Rochefort, Pierrot le fou, La panadera de Monceau, etcétera.


[i] El primero, La Reine des pommes (2009), no ha sido hasta ahora estrenado ni editado en DVD por estos pagos.

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