El investigador investigado

Algo tienen en común el cine y la mente humana: esas capas superpuestas que hacen que, debajo de un significado, se oculte otro más recóndito, más profundo y, normalmente, más importante[i]. Y, si alguien ha hecho de esa analogía la razón de ser de su filmografía, es David Cronenberg (como también, por cierto, su tocayo D. Lynch). Por eso, no puede sorprendernos que el cineasta canadiense haya realizado finalmente un film como Un método peligroso, protagonizado por Carl Jung y Sigmund Freud y centrado en sus discusiones, en la contraposición de sus métodos y experiencias, en definitiva, en su relación; una relación enfermiza y abrasiva, por supuesto, que nos recuerda a la de los gemelos de Inseparables (1988).

En realidad, algunos de sus principales films inciden en las profundidades de la mente por también en las complejidades de la carne en todas sus acepciones. Pienso en eXistenZ (1999), que transcurría dentro de la mente de un tipo narcotizado por un implante-videojuego; o en Crash[ii] (1996), protagonizada por seres sin rumbo que sólo alcanzan el orgasmo al ver o al sufrir accidentes de tráfico; o en El almuerzo desnudo (1991), película-trip que se basa en el libro homónimo de W. Burroughs.

Los temas mayores del cine de Cronenberg son, pues, los límites de la sexualidad, las experiencias lisérgicas, el íntimo desasosiego del individuo contemporáneo… Y, por supuesto, la demencia. Debemos citar al respecto Spider (2002), de nuevo un film que nos sitúa en el interior de una mente alterada, divorciada de la realidad.

Esa incomprensión, esa dificultad o imposibilidad de interpretación, es el motor Un método peligroso, película en la que la exploración de la mente se cuestiona a sí misma, se topa con sus propias contradicciones y va progresando hacia nuevas inquietudes. Jung (Michael Fassbender) trata a Sabina Spielrein (Keira Nightley) y consigue “curarla” pero, en el proceso, da con nuevos desafíos científicos y se asoma a los abismos de su propia psique. En paralelo, la relación con su maestro Freud (Viggo Mortensen) se tiñe de cuestionamientos: el vienés censura la tendencia de Jung a abrirse a terrenos que considera paracientíficos mientras éste reprocha a aquél su estrechez de miras, la torre de marfil en que ha convertido su teoría e, irónicamente, su ego. En paralelo, en otra genial vuelta de tuerca, Spielrein se convierte en la discípula que acosa a Jung con cuestionamientos teóricos y vitales que lo desbordan.

Los discípulos dilapidan las certezas de los maestros, las ideas se enfrentan a su propia resistencia a evolucionar: Cronenberg ha firmado un muy intuitivo film sobre la crisis de ideas y valores que cimenta nuestro presente y que subyace, como un subconsciente colectivo, bajo las capas más superficiales de las crisis social, económica, democrática y etcétera. En cierta manera, puede considerarse una continuación o profundización de otra gran película suya, Una historia de violencia (2005), en la que ya mostraba el derrumbamiento de los cimientos de la institución familiar y, por extensión, de las certezas morales de la sociedad[iii]. Ahora, ha sabido encontrar una manera precisa de reflejar las procelosas aguas freáticas sobre las que descansa el desorden mundial actual, aguas como las del lago que Jung navega con su endeble barquito varias veces en la película, manteniendo angustiosas divagaciones junto a su maestro Freud y su discípula (a la vez que paciente y amante) Spielrein.

Como siempre, la reflexión debe extrapolarse a una dimensión cinematográfica, pues Cronenberg, que maneja con elegancia un cine narrativo cuyo clasicismo se pone permanentemente en cuestionamiento, nos habla también de cómo el cine actual carece de certezas y se nutre más bien de un cruce dialéctico de incertidumbres. De hecho, la película nos invita en buena medida a no temer la incertidumbre y a abrazar sin tapujos las pulsiones primitivas y las intuiciones. Creo haber entendido que Cronenberg siente no poca simpatía por el personaje de Otto Gross (Vincent Cassel), el concupiscente paciente de Jung que deviene su terapeuta y que lo anima a dejarse llevar por sus deseos tanto por placer como por explorar nuevos territorios. El cine actual está alcanzando cierta conciencia no de su decadencia o muerte sino de los múltiples y desconcertantes caminos por los que está empezando ya a aventurarse.

Por otra parte, no debe pasarnos por alto que Un método peligroso sugiere en varios momentos un tema nada baladí. Freud no deja de subrayar a Spielrein que comparte con ella la condición de judío y a Jung que se diferencia de él porque es ario y de cultura protestante. En la última secuencia del film, Jung, infeliz y abatido por la desorientación y la insatisfacción de su existencia, comenta a Spielrein un sueño reciente en el que Europa se tiñe de sangre y le confiesa su temor de que pueda tratarse de una premonición. Efectivamente, la secuencia transcurre en 1913, un año antes de que estalle la Primera Guerra Mundial, primer episodio de un horror que desembocará más adelante en las cámaras de gas. Cronenberg nos invita a abrir nuestras mentes y a no temer las incertidumbres pero, a la vez, nos advierte de los peligros que comporta la profunda desorientación de nuestro presente. Puede que nosotros también nos encontremos en la antesala de un horror cuya naturaleza y dimensión aún no podemos adivinar. Un método peligroso acaba prácticamente con el mismo plano que Promesas del Este, el anterior largometraje de Cronenberg: una desasosegante imagen del protagonista sentado y con la mirada ida, angustiado sin duda ante las amenazas que plantea un futuro incierto.

(Publicado en Sigue leyendo)


[i] El cine, a fin de cuentas, es un arte en el que las apariencias visibles nos abren la puerta a lo que no se ve. Dice un aforismo mil veces citado de Robert Bresson: “Traduire le vent invisible par l’eau qu’il sculpte en passant” (Traducir el viento invisible por el agua que esculpe al pasar). Notes sur le cinématographe (Folio), p. 77.

[ii] A no confundir con la boutade que ganó el Oscar en 2005, es decir, Crash de Paul Haggis.

[iii] Podemos encontrar ciertas concomitancias entre Un método peligroso y otro notable film que acaba de llegar a nuestras pantallas, Un dios salvaje (traducción exactísima, como ven, del título original Carnage). A partir de la obra homónima de Yasmine Reza, Polanski, coherente también con los temas y derivas de su propio cine, pone en escena un proceso de enajenación que es también el derrumbamiento de la moral occidental. La película, pues, puede considerarse otra manera de asomarse a las profundidades de esta extraña crisis que nos rodea por todas partes.

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