En busca del tiempo perdido

Con Los pasos dobles, Isaki Lacuesta ha ido en busca de la libertad propia de Jean Rouch, el gran cineasta de África -que no africano- y el principal punto de referencia de la película. Rouch fue un cineasta más que atípico, un ser libérrimo que pulverizó las convenciones de lo documental y lo narrativo en el cine. Con el mismo espíritu, Lacuesta ha emprendido una aventura que transita con soltura entre el cuento popular, el western, el ensayo, la historia de amor… como las grandes películas de Rouch: Moi, un noir, La caza del león con arco, La pirámide humana, etc. De hecho, una de las -por así decirlo- historias de Los pasos dobles parece citar explícitamente la desahogada epopeya de los tres protagonistas de Jaguar. Rouch y Lacuesta se sitúan voluntariamente fuera de los márgenes de la civilización y del cine para explorar nuevos territorios sin ataduras y con no poca socarronería.

Esa réplica al cine de Rouch responde a uno de los rasgos principales del cine de Lacuesta, su naturaleza dialéctica. Sus films están dominados por los conceptos del desdoblamiento, la repetición y el diálogo[i]. Lacuesta realiza un largometraje a la manera de Rouch y, a la vez, establece un paralelismo entre François Augiéras y Miquel Barceló; el artista fallecido que dejó un fresco escondido en un búnker subterráneo africano para las gentes del siglo XXI, y el artista contemporáneo instalado en Mali[ii]. Ambos pintores son las fuerzas motrices del film. Y, en tercer lugar, el propio largometraje se desdobla en un proyecto que completa El cuaderno de barro, más centrado en Barceló y aún no estrenado.

Una de las frases más importantes de Los pasos dobles es pronunciada por la voz en off, que corresponde tanto al corifeo como al coronel, uno de los personajes centrales del film (otro desdoblamiento): el corifeo nos informa de que el artista “usa la otra mano para no repetir los gestos de siempre” cuando vemos a Barceló trabajar en sus acuarelas con la mano izquierda, al contrario que en los planos anteriores. Ésa es también una de las claves, quizás la pulsión principal del cine de Lacuesta, una autoexigencia metódica y tozuda digna de Godard, otra referencia quizás menos evidente pero bien presente en los films del director gironí. Lacuesta se empeña en violentar una y otra vez el rumbo de sus películas, en explorar permanentemente extravíos, improvisaciones que vayan forjando una nueva forma cinematográfica[iii] dando briosos pasos dobles.

No menos importante es esa otra frase que el corifeo pronuncia al principio del film: “Nuestra historia ocurrió hace mucho tiempo, tanto que parece que esta historia aún tenga que suceder”. El desdoblamiento principal que acontece en el cine de Lacuesta es el del tiempo, el diálogo -cuando no la confusión- que se establece entre el pasado, el presente y el futuro, como muestran palmariamente anteriores largometrajes de Lacuesta, La leyenda del tiempo (título más que elocuente) y Los condenados. Este rasgo de la obra “lacuestiana” nos desvela la poderosa huella de Chris Marker, el autor de Recuerdos del porvenir y La Jetée sobre el cual Lacuesta realizó el magnífico ensayo Las variaciones Marker.

Rouch, Godard, Marker: Lacuesta bebe de las fuentes más fructíferas, apasionantes y libres de la modernidad cinematográfica. Ese espíritu explorador, esa vocación incontenible por hallar nuevos territorios para el cine (no en vano, la difusa aventura de Los pasos dobles parte de un mapa del tesoro que ha sido marcado con las manchas azarosas que dibujan los agujeros provocados por la termita en las acuarelas de Barceló) transmite un optimismo contagioso, una confianza aventurera y deslumbrante en las posibilidades del medio cinematográfico que contrasta con esa tendencia de muchos films actuales a plasmar la melancolía de la muerte del cine. Lacuesta sabe que el cine no murió anteayer sino que ha muerto muchas veces y siempre se ha transfigurado, siempre ha desembocado en algo de nuevo tipo, en un nuevo terreno de la modernidad. Por eso, Los pasos dobles acaba siendo el relato de una resurrección constante, tal y como desvela la secuencia final. Si es que se puede decir que Los pasos dobles desvele algo, pues es un film mucho más apegado a la idea del secreto, del misterio irresuelto, como el trasunto de la Capilla Sixtina pintado por Augiéras en un búnker oculto que no llega a ser encontrado en el film[iv]. Si algo tenemos que agradecer a Lacuesta es que nos transmite generosamente su godardiana autoexigencia y nos obliga a ser espectadores menos perezosos, más aventurados y, sin duda, gozosamente libres.


[i]  No por casualidad, Lacuesta ha emprendido un original y estimulante proyecto de correspondencia filmada con la cineasta japonesa Naomi Kawase, en la línea del diálogo mantenido también por Víctor Erice y Abbas Kiarostami.

[ii] Nótese que otra de las mejores películas que se han estrenado este 2011, La vida sublime de Daniel V. Villamediana, incide en la cuestión de la imitación del gesto pasado, la repetición de la leyenda.

[iii] En Las variaciones Marker, por ejemplo, Lacuesta se radicalizaba hasta el punto de dejar que una computadora montara las imágenes al azar durante un tramo de la película.

[iv] Tal vez porque el verdadero objeto de la búsqueda es la propia búsqueda, la aventura, el arcano, como en Hugo Pratt, otro artista aventurero que, como Augiéras y Rouch, encontró inspiración en África.

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