La gruta

Más de 30 mineros chilenos, atrapados en una mina, han sido rescatados mediante una especie de supositorio subterráneo. Lo que me obsesiona es que los han rescatado de uno en uno, porque eso implica que uno de ellos fue el último: se quedó solo, ahí abajo, durante un periodo de tiempo corto pero presumiblemente intenso. A pesar del contacto con el exterior, no creo que pudiera evitar verse apoderado por sombríos pensamientos. Ahí, en una cueva en la que no queda nada más que el silencio, esa persona se debió enfrentar a la idea de su propia extinción, una sensación pavorosa de estar muy cerca de la experiencia de la muerte.

La noticia del rescate ha coincidido con el estreno en Barcelona de Buried, una película que me ha inspirado ideas parecidas. Ese tipo, atrapado en un ataúd, se encuentra también bajo tierra y en una situación que lo enfrenta a la idea de morir de una forma brutal. El encierro, la oscuridad, la inmovilidad y la nada absoluta que le rodea se convierten en una terrible antesala de la anulación como persona. Se encuentra en un punto intermedio entre la vida y la nada, un territorio ambiguo y desolador. Algo de esa angustia debió experimentar el último minero que fue rescatado en Chile durante sus instantes de soledad en la cueva.

Lo curioso es que ese interregno entre la vida y la muerte es también el elemento central de la gran película del año, la que ganó la palma de oro de Cannes. Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives, del tailandés Apichatpong Weerasethakul, fue proyectada el viernes en el festival de Sitges. La película no cuenta, de momento, con una fecha de estreno, por lo que los dos pases que tuvieron lugar en Sitges la semana pasada toman el carácter de un acontecimiento excepcional, es decir, las únicas proyecciones en España de un film capital que ha provocado un gran impacto mundial.

El propio Weerasethakul acudió a Sitges a presentar la película en una breve intervención -junto al productor Lluís Miñarro- humilde y sencilla. “No penséis demasiado -dijo-, simplemente relajaros y ved la película”. Y es cierto que Uncle Boonmee… exige una gran relajación y receptividad, no porque sea superficial o banalmente espiritual, sino porque representa una revolución cinematográfica que nos invita a renovar nuestra mirada como espectadores. Aunque el arriba firmante creyera reconocer ciertas reminiscencias de Antonioni, Lynch o Chris Marker, lo cierto es que Uncle Boonmee… no se parece a nada. Es una experiencia renovadora, crucial y sumamente placentera. No es casualidad, pues, que la anécdota de la película nos hable de ese espacio fronterizo entre los vivos y los muertos. Parece que, para Weerasethakul, el propio cine se encuentra en un intervalo de muerte y transfiguración. El cine, tal y como lo hemos conocido, vive hoy en día un lento proceso de disolución, pero también de evolución hacia otra cosa, algo nuevo.

Siguiendo este razonamiento, cabría preguntarnos por qué el cine -que nunca ha sido una isla- ha cogido este camino. Tal vez sea todo nuestro mundo el que se esté extinguiendo, en tránsito hacia algo diferente. Nos pitorreamos de la idea del fin de la Historia, de Francis Fukuyama, porque se basaba -cito de oídas, nunca he leído el libro de marras; y sospecho que casi nadie lo ha hecho- en que la caída del socialismo real marcaría el final de los conflictos en el mundo. Esa teoría era errónea, pero la hipótesis de que la Historia, tal y como ha sido hasta ahora, se puede estar acabando, no me parece descabellada. No sólo el cine se está transformando en algo más allá de sí mismo: también lo hace el arte en general, y a buen ritmo.

Las ideologías, o incluso las propias ideas, ya no son más que cenizas. El capitalismo ha arrasado con las relaciones humanas, con las personas -vean también Wall Street. El dinero nunca duerme (O. Stone) y La red social (D. Fincher)-. La política ya no es política, el Estado ya no es Estado, y en lugar de imaginar cómo seguiremos progresando, discutimos las dimensiones y los ritmos de una involución general. Perdemos derechos, el racismo gana terreno, cada vez hay más religiosidad en oriente y occidente… En algunos aspectos, nuestro mundo empieza a parecerse a la Edad Media. Quizás se está acabando de veras la Historia y avanzamos hacia la nada. ¿Y después? Quién sabe. El futuro, hoy, es una gruta negra, húmeda e inhóspita como la de Chile.

(Publicado en A fons Vallès)

 

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