Una educación sentimental

Como en las novelas picarescas y las películas de Polanski, la realidad está llena de situaciones paradójicas provocadas por la mezquindad y la bajeza humanas. A la espera de que podamos ver la película, la última palma de oro del festival de Cannes parece que puede haber sido, de rebote, el más brillante premio que ha dado el festival en mucho tiempo. Según la prensa, la tremenda situación política de Tailandia, donde los partidarios del gobierno y los de la oposición han estado dirimiendo sus diferencias a tiros durante meses, ha influido no poco en la elección de Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives, la última película de Apichatpong Weerasethakul, como la mejor de la sección oficial a competición. Dar un premio a una película por razones políticas es lo más rastrero e inmoral que puede pasar en un festival de cine; sin embargo, por pura casualidad, el galardón ha recaído en este caso en el cineasta más importante que competía en la sección oficial -junto con Kiarostami, claro-.

Como no podía ser de otra manera, prolifera el pitorreo respecto a la rareza del nombre del director y una pléyade de catetos, con Carlos Boyero al frente, denuestan el reconocimiento a un cineasta experimentador, valiente y originalísimo como Weerasethakul. De sus casi veinte películas, aquí sólo se ha estrenado una, la más conocida: Tropical Malady (2004) llegó con años de retraso a una sola sala de Barcelona y aguantó unos pocos días. En alguna muestra cinematográfica se ha proyectado Syndromes and a Century (2006) y el capítulo Luminous People del film colectivo O estado do mundo (2007). Y un servidor ha tenido que cruzar los Pirineos para poder ver un par más, Blissfully Yours (2002) y Mysterious Object at Noon (2000). Todas son cojonudas.

Con esta muestra fragmentaria de su cine tenemos suficiente para constatar que Weerasethakul es una figura capital dentro de la profunda transfiguración que está viviendo el medio. No es un realizador de películas de masas y no hay duda de que su público es, principalmente, gente más o menos especializada con interés por el cine experimental. Sus películas son, ante todo, reflexiones sobre el propio cine, filmes bellísimos pero que requieren amplitud de miras y, para qué negarlo, cierta paciencia y entrega; hay que haber educado un pelín la mirada para afrontar un plano, como el de Blissfully Yours, de una pareja dormitando estirada en el césped bajo una luz suave moteada de sombras trémulas durante unos diez minutos en los que aparentemente no pasa nada… Pero eso no le resta importancia, sino todo lo contrario. El cine de Weerasethakul es tan imprescindible como el de grandes cineastas populares como Clint Eastwood o M. Night Shyamalan (para que nos entendamos: no es que el Bulli sea mejor o peor que un buen bar de tapas, lo injusto es que no esté al alcance de todo el mundo). Por eso, aun sin haber visto todavía Uncle Boomee…, me la juego y me atrevo a aventurar que la palma de oro de Cannes, este año, ha sido un gran acierto.

Esta epifanía festivalera, sin embargo, se ha producido indirectamente. Quiero pensar que el gran Víctor Erice, miembro del jurado, ha influido en la elección de Uncle Boonme… Pero parece más probable que haya pesado el componente político, el mismo criterio obtuso, indecente y abyecto que llevó a otorgar, el 2004, una palma de oro tremebunda a Fahrenheit 9/11. Entiéndanme, Michael Moore es un brillante y divertido columnista audiovisual y estoy de acuerdo con muchas de las cosas que dice, pero sus últimas producciones tienen poco que ver con el cine y no me parecen aptas para concurrir en un festival como el de Cannes, menos aún para recibir un premio en detrimento de algunas películas extraordinarias como, precisamente, Tropical Malady. Además, creo que Moore no sólo se benefició de la coyuntura política (el 2004 se votó la reelección de George W. Bush): su película estaba apadrinada por los poderosísimos hermanos Weinstein y por sus estudios, Miramax, los mismos que habían distribuido todos los filmes anteriores del presidente del jurado de esa edición del festival, Quentin Tarantino.

La política es mala consejera para dar premios y es puro veneno para ver películas. Prefiero mil veces el gusto del público “convencional”, que está poco formado pero es muy intuitivo y natural, que la suma pedantería y la pretenciosidad sin límites de los politiqueros. En general, no he conocido a mayores analfabetos audiovisuales que los militantes políticos de toda condición -de movimientos o de partidos, de izquierdas o de derechas, sindicalistas del sector metalúrgico o profesores de universidad…-. Esa gente ha entendido la máxima valverdiana “nulla aesthetica sine ethica” exactamente al revés, es decir, no ha entendido nada de nada. Godard lleva décadas luchando contra eso. De hecho, su frase más famosa viene a ser un equivalente cinematográfico a la de Valverde: “el plano es una cuestión moral”; también dijo que “no hay que hacer películas políticas, sino hacer políticamente películas”. Impepinable. Pero casi nadie le presta atención. No me extraña: su última película, Film Socialisme, ha sido el otro gran acontecimiento de Cannes’2010, pero es muy poco probable que nos llegue. Habrá que echarse al monte otra vez para verla.

En fin, no era mi intención dar esta semana una lección de estética; tampoco estoy capacitado… Es sólo que el cine ha sido mi mejor escuela, la fuente principal de mi educación. Lo que se aprende viendo películas vale también para todo lo demás (y no me refiero a la anécdota de los filmes; al párrafo anterior me remito). Antes ha hablado de educar la mirada pero, bien pensado, se trata más bien de “desaprender”, de despojarse de un determinado condicionamiento que hemos ido adquiriendo a base de Spielbergs, Titanics y lunes al sol, una falsa educación que nos hace más ciegos porque sólo nos deja ver las películas de una manera. No se trata, pues, de ser más cultos, ni más retorcidos, sino de todo lo contrario: hay que “deseducarse” y volver a aprender a tener, simplemente, los ojos abiertos. Cuando se consigue, se puede por fin apreciar la sencilla belleza y el profundo significado de un plano como el de los dos enamorados tumbados a la sombra y en silencio en la película de Weerasethakul.

(Publicado en A fons Vallès)

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s