Cuento de invierno

¿Les he explicado alguna vez qué es lo que más odio? Nada en el mundo me produce más malestar que los cinéfilos. Muchas personas hieren involuntariamente mis sentimientos al llamarme así por el hecho de que me gusta el cine. Al fin y al cabo, el DRAE define sucintamente cinéfilo como “aficionado al cine”. Pero la palabreja tiene, hoy en día, connotaciones mucho más precisas.

Los cinéfilos cosifican el cine: lo convierten en un objeto de culto y tienen una visión muy limitativa del mismo. Son esos plomos, como Garci, que no paran de hacer rankings, cuelgan pósters de Audrey Hepburn por todas partes y siempre andan soltando frases altisonantes sobre sus gustos y su sensibilidad. De hecho, a todos les gusta más o menos lo mismo, y no se enteran de nada. Son unos pedantes. Manejan cuatro ideas preconcebidas y un puñado de etiquetas con las que pretenden clasificarlo todo, cerrándose a otras perspectivas. Su visión mística y boba les impide lanzar miradas nuevas -o simplemente libres de prejuicios- sobre el cine. Y son particularmente refractarios a entender las sinergias del cine con otras formas expresivas, o comunicativas, o artísticas.

Entre los cinéfilos, es muy habitual despreciar a Éric Rohmer o valorarlo sólo por algunos rasgos epidérmicos de su cine. Entre los que lo desprecian (sobre todo los apóstoles del cine de género mal entendido), se le achaca generalmente el haber sido un director aburrido que sólo filmaba a gente hablando por los codos. Entre los del segundo grupo, se aprecia el hecho de que sus películas traten sobre gente joven en permanente crisis sentimental, y se le considera un autor “fresco”, “independiente”, etc. Alguna de esas ideas puede ser cierta, pero todas son muy pobres.

Éric Rohmer (pseudónimo de Maurice Henri Joseph Schérer) murió el pasado 11 de enero. La edición de A fons Vallès del día 12 ya estaba cerrada cuando se hizo pública la noticia y no tuve ocasión de hablar de él, uno de los grandes directores del cine moderno. Rohmer tenía 89 años, pero sólo hace dos años que estrenó su última película, El romance de Astrea y Celadón, un film tan original y ambicioso que no parecía en absoluto la coda final de una larga carrera -a pesar de que él mismo declaró que era el último que haría-.

Su obra es de una honestidad y una inteligencia sobrecogedoras y, sin duda, quedará como un documento insubstituible sobre los habitantes del planeta Tierra de la segunda mitad del siglo XX. Su estilo es sólo en apariencia sencillo: Rohmer era uno de esos cineastas que piensan con extremo cuidado cada plano sin que lo parezca, pues no hay ningún tipo de estridencia o afectación gratuita en su puesta en escena. Tampoco hay nada insincero o enojosamente artificial. Era sumamente fiel a sus propios principios pero, a la vez, un autor libérrimo. Sus películas siempre nos sorprendían, a pesar de que se parecieran en ciertos aspectos externos. Siempre salían franceses hablando un montón, sí; pero, en el fondo, nunca era lo mismo. Y, ante todo, era uno de los cineastas que mejor han entendido y utilizado el rasgo fundamental de la modernidad en el cine, es decir, la transparencia de sus mecanismos. A su manera, el cine de Rohmer es un monumental ensayo sobre las relaciones del cine con la realidad, con la literatura, con el teatro y con las artes plásticas, relaciones que son, de hecho, una (¿la?) cuestión esencial del cine. Pero no crean por ello que Rohmer era un cineasta “cerebral”, o “profundo”, o cualquiera que sea la engorrosa etiqueta cinéfila. Su cine es muy claro y no requiere al espectador nada más que tener los ojos abiertos. Si algunas personas se aburren con él, seguramente les pasa porque les han domesticado la mirada los Spielberg de la vida.

Me resulta difícil decir cuáles son sus mejores películas o cuáles son las que más me gustan, porque su cine es homogéneamente brillante. Quizás tenga un especial cariño a Pauline en la playa, Cuento de otoño, La marquesa de O, El amor después del mediodía… Pero también a La coleccionista, La rodilla de Claire, La inglesa y el duque, La panadera de Monceau, Mi noche con Maud… Sin menoscabo de Triple agente, Cuento de invierno, Cuento de verano, El rayo verde, El signo del león, Las noches de la luna llena, Perceval le Gallois… Definitivamente, todas son mis favoritas.

Rohmer y el resto de los cineastas de la Nouvelle Vague rechazaron siempre ser etiquetados como un movimiento o un grupo, a pesar de que eran amigos, escribían en la misma revista y colaboraron en algunas de sus primeras películas. El tiempo les ha dado la razón. Sus respectivas obras, que se extienden hasta la actualidad -con la triste excepción de François Truffaut, prematuramente desaparecido en 1984 por culpa del dichoso cáncer-, son muy diferentes, desafían cualquier tipo de clasificación facilona y demuestran que el camino abierto por ellos mismos tiene mucha más ramificaciones de lo que jamás se imaginó. Jean-Luc Godard (79 años), Jacques Rivette (82), Alain Resnais (87), Agnès Varda (81) o Claude Chabrol (79) son personas mayores pero autores muy jóvenes cuyo cine, valiente y desinhibido, plantea cuestiones originales y modernísimas. Por el contrario, las películas de algunos imitadores de pacotilla han envejecido mucho más y mucho peor, por no decir que nacen muertas. Sólo un ejemplo: Isabel Coixet (Sant Adrià de Besòs, 1960) perpetra un cine encorsetado, conservador, ridículo, acartonado y, sobre todo, deshonesto. De todos los cinéfilos, los peores son los que hacen cine.

Por eso, aunque Rohmer fuera un anciano de casi 90 años, su muerte resulta dolorosa. Hemos perdido un cerebro que pensaba el cine de forma libre y moderna. No sólo es un golpe para el mundo cinematográfico, sino también para la cultura, para la sociedad en general. Y no me refiero a la cultura y la sociedad francesas: la aportación de los intelectuales como él es universal y rebasa las fronteras tanto del cine como de la república de Francia. Sin Rohmer, somos un poco más ciegos y un poco más viejos. Lo mismo que sin Iván Zulueta, efímero pero genial cineasta -fue el director de Arrebato– que nos dejó hace unas semanas y del que no habíamos tenido la ocasión de hablar.

Pero no nos quedemos con esa amargura. A pesar de que los cinéfilos son incapaces de detectarlos, hay grandes cineastas hoy en día que están abriendo nuevos caminos, reinventando el cine (que necesita morir de vez en cuando para renacer). Rohmer no se ha ido sin dejar herederos: el legado de la Nouvelle Vague permanece muy vivo. Sobre todo, en ciertas películas que nos llegan poco y tarde; pero, de eso, ya hablaremos otro día.

(Publicado en A fons Vallès)

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