Hellas pour moi

Hay una parte de la obra de Chris Marker con una hechura más convencional, al menos en apariencia. Son sus producciones más acomodadas a las formas de cine y televisión documental al uso. Entre esos materiales, se encuentra L’Héritage de la chouette, una serie emitida en 1989 sobre la herencia de la antigua Grecia a lo largo de los últimos dos mil años (se puede ver, entre otros medios, en la cuidada edición en DVD de Arte). Pensadores de variopinta adscripción -George Steiner o Cornelius Castoriadis entre ellos- disertan sobre cómo eran la civilización y la cultura griegas, y comparecen además cineastas como Theo Angelopoulos o Elia Kazan. Marker, por su parte, se expresa en off mediante la bella voz de André Dussollier.

L’Héritage de la chouette es un documento harto significativo en cuanto a la manera de pensar de Marker, sus ocupaciones y su forma de entender el conocimiento. Por eso, es en realidad una serie documental mucho menos convencional de lo que pueda parecer en un principio. Los trece episodios contienen multitud de intervenciones interesantísimas pero es en realidad el cineasta quien, entre líneas, nos está hablando nada menos que de las raíces mismas de la transmisión del saber que habita en las imágenes, un hilo invisible que une la antigua Grecia -“la primera patria de la palabra”, según la afirmación de Steiner en el último capítulo- con nuestro tiempo. Que une, de hecho, la antigüedad con el presente en un sentido más amplio, pues Marker vuelve, en el tramo final de la serie, a su querido Japón para mostrarnos un surgimiento del pensamiento mítico paralelo en muchos sentidos al de nuestra Hellas.

Precisamente, entre mayo y julio pasados, la Cinémathèque Française dedicó en País una exposición a la obra de Marker que podía sin duda entusiasmar a quienes apreciamos su obra pero que era también una extraordinaria introducción para quienes no hayan tenido contacto aún con él (desconozco si hay planes al respecto pero ojalá que la muestra viaje de alguna manera a nuestras latitudes). La exposición, como L’Héritage de la chouette, permitía asomarnos a la visión del cinematógrafo y de la cultura de un creador que en sí mismo supone un feliz encuentro entre los actos de hacer cine, viajar, escribir y militar. Marker ocupa seguramente un lugar más importante de lo que imaginamos porque está entre los cineastas que han acercado con más audacia ensayo e imagen -de una manera muy diferente a la de Godard pero con ciertas concomitancias-, así como por la ambición con la que ha transitado la relación de lo cinematográfico con la historia, las ideas, el compromiso, el periodismo o el arte.

Jean-Michel Frodon afirma, en uno de los textos que acompañan a la serie en la edición de Arte, que “el pensamiento de Marker anticipa internet, funciona urdiendo una red de ideas y personas”, ejercitando una “circulación no lineal, lo que sin duda no quiere decir desordenada”[i]. Su obra en conjunto supone una reflexión poliédrica sobre la segunda mitad del siglo XX y el inicio del XXI que no deberíamos pasar por alto. Es más, debería estar al alcance de un público más amplio. Un trabajo tan personal y singular como el de Marker tiene, en realidad, una vocación generosa, divulgativa, abierta al mundo y al diálogo. No me extraña que realizara -a partir de una idea de Jean-Claude Carrière, según rezan los créditos- una serie como L’Héritage de la chouette, emparentada directamente con el concepto de televisión que trató de desarrollar Rossellini en el último periodo de su carrera. Para Marker, el cine es siempre una filosofía, o más bien una tertulia en torno a una animada mesa, como las que componen algunas de las secuencias de la serie; o tal vez una puerta abierta a un museo del conocimiento humano en el que conviven los ecos de nuestro pasado y los recuerdos del porvenir.

 

 

[i] « La pensée de Marker anticipe Internet, elle fonctionne par mise en réseau des idées et des personnes, mise en égalité d’éléments discrets relevant de catégories hétérogènes, hashtags (#olympisme, #musique, etc.) et nuages de mots, accumulation d’énergie et de savoir (et de plaisir) dans la circulation non-linéaire, ce qui ne veut assurément pas dire désordonnée » (PP. 15-16).

 

 

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Imágenes que piensan

Hace unos días, salió a la luz un material inédito que deberíamos considerar, con todo merecimiento, entre lo más importante que hemos visto este año 2018. Me refiero a la grabación del periodista Mark LaGanga, reportero a la sazón de CBS, realizada el 11 de septiembre de 2001 en el escenario de los atentados contra el World Trade Center de Nueva York. De alguna manera, LaGanga nos ha brindado, diecisiete años después, las imágenes perdidas –l’image manquante, por parafrasear a Rithy Panh- que nunca habíamos podido tener de aquella jornada histórica, pues el reportero nos lleva adonde nunca habíamos podido acercarnos. En esos 29 minutos de grabación que ahora podemos reproducir en internet, la vocación del espectador y la del periodista se fusionan y nos introducimos cada vez más en el corazón de la tragedia hasta llegar al pie de la torre norte, que aún ardía sobre la ciudad junto a los escombros de su gemela la torre sur, ya derribada. Sólo transcurrió media hora entre el derrumbe de los dos edificios, justo el intervalo en el que LaGanga se acercó a los aledaños de los rascacielos y luego se alejó, salvándose sin saberlo de morir bajo una lluvia de cascotes. En el minuto 18, la caída de la torre norte es recogida por su cámara ya a una cierta distancia hasta que le alcanza la descomunal nube de polvo y se hace la oscuridad, la noche de la muerte.

Ahora, en plena era de la memoria cinéfila y cuando hemos quebrado la frontera entre lo documental y lo ficticio, las imágenes del 11-S remiten irremediablemente a cientos de otras imágenes vistas en películas de ficción. Las que hemos visto con más frecuencia durante estos años, especialmente las de los impactos de los aviones contra los rascacielos, nos hacen pensar en el cine de acción americano, tan proclive a las explosiones y las escenas de gran destrucción; lo terrible es saber que, pareciéndose tanto a ese tipo de secuencias, son imágenes reales que recogen el instante exacto en el que mueren de verdad decenas o cientos de personas. Los nuevos materiales de LaGanga, en cambio, parecen sacados de alguna película sobre catástrofes o situaciones apocalípticas. Vemos una ciudad cubierta por una niebla insana por la que vagan seres cubiertos también de polvo grisáceo, como los espectros inquietantes de la tercera temporada de Twin Peaks, ángeles de la muerte que aparecen interpelando a los vivos con un “gotta light?”. Y son, digámoslo sin miedo, imágenes tremendas pero fascinantes, incluso dotadas de una inconfesable belleza (LaGanga, por cierto, recoge el vuelo de una paloma en el punto 22’50’’, un detalle que nos hace pensar en la plasmación de la naturaleza en mitad del horror en The Thin Red Line). No debemos considerarnos monstruos insensibles por sentirnos atraídos por las imágenes del 11-S; somos seres visuales que no podemos dejar de verlas con gran curiosidad. Cine y periodismo, decíamos, se encuentran en la grabación de LaGanga: es mejor ver, es mejor saber, es mejor pensar con las imágenes; imágenes pensantes dotadas de una poderosa vida interior.

Pero lo que más me llama la atención de esa captura del lugar preciso y el instante preciso en el que se produjo el 11-S es que no vemos una actividad frenética de policías, bomberos y sanitarios. No, nos encontramos con un páramo en silencio por el que aparecen esporádicamente servidores públicos más bien superados por la situación; y, de vez en cuando, algún civil que, como ellos, parece moverse sin un claro rumbo. No vemos la tragedia sino la confusión. Las personas a las que LaGanga va entrevistando sobre la marcha a duras penas saben lo que ha pasado. Y la frase más significativa de esa media hora de material en bruto se produce en el punto 17’50’’, cuando un hombre cubierto de polvo, arrastrando sin prisa una cartera, pregunta al periodista: “Do you know where everybody is going?” Es importante el detalle de que es la persona grabada la que interpela al reportero, es decir, a la cámara. La imagen no nos otorga una certeza sino que comparte con nosotros su desorientación. La imagen nos interroga.

De alguna manera, esa pregunta ha quedado en suspenso desde entonces. No sólo los neoyorquinos no sabían dónde iba todo el mundo aquel día; ninguno de nosotros sabe hacia dónde nos dirigimos desde que ese once de septiembre norteamericano abrió una era de desconcierto. En la grabación de LaGanga, conviven el pasado, el presente y el futuro: el pasado de nuestra memoria cinéfila, las mil imágenes sedimentadas en nuestro fuero interno que laten detrás de las del World Trade Center en ruinas; el presente de un mundo sumido en la confusión en el que nadie sabe responder al caos, a la progresiva descomposición de la democracia y la civilización; y el futuro amenazante que aparecerá cuando se disuelva la inmensa nube de escombros en la que vagamos como huérfanos sin dirección.

 

 

La idea de un canon – Las mil y una noches del cine

Tal vez sea una tara que me descalifica como cinéfilo, pero lo cierto es que los premios y los rankings me traen sin cuidado. Más allá de la curiosidad pasajera, no creo que aporte gran cosa saber que un largometraje o un cineasta han ganado tal o cual galardón, o la composición de esas listas de las mejores películas… SIGUE LEYENDO EN http://cinentransit.com/la-idea-de-un-canon/