Goodbye, citizens

Dicen que a los barceloneses nos distingue que no recorremos las Ramblas longitudinalmente, de la Plaza Cataluña al puerto o viceversa, sino que atravesamos la calle perpendicularmente, de una acera a otra y con prisa, evitando el engorro de la aglomeración. Yo respondo sin duda a esa caracterización, pues no recuerdo la última vez que había paseado por las Ramblas de Norte a Sur o de Sur a Norte antes del 17 de agosto. Desde ese día, o más bien desde que el cordón policial ha permitido acceder a los transeúntes ya por la mañana, un impulso espontáneo me ha llevado a caminar por las Ramblas, arriba y abajo, no una sino varias veces. No hace falta que explique lo que he visto, está en todos los medios de comunicación.

Oímos estos días muchos elogios a la ciudad de Barcelona y al talante tolerante, solidario y acogedor de sus habitantes. Pero, entre tanto encomio, hay un detalle histórico que creo que nadie ha recordado ahora y que, de hecho, se cita cada vez menos, a veces incluso tergiversando los hechos. El caso es que Barcelona y Madrid fueron las primeras grandes capitales del mundo que sufrieron el asedio del fascismo cuando se produjo nuestra guerra, entre 1936 y 1939. Resistieron tres años de bombardeos y, al final, perdieron. Perdimos. Pero quiero pensar que algún legado nos quedó de aquella resistencia.

En el plano en el que vemos por última vez a Charles Laughton en This Land is Mine, los soldados nazis han venido a apresarlo a la escuela. Él sale del aula por su propio pie y, cuando dos de sus captores lo agarran de cada brazo, los rechaza con un gesto enérgico y sigue la marcha con determinación. Todo ese movimiento se produce de espaldas a la cámara. Y de espaldas a la cámara cruza el profesor la puerta de la escuela, custodiado pero con las manos en los bolsillos, y desaparece fuera de campo, un fuera de campo tan sencillo como expresivo. Renoir recoge esa salida con el mismo movimiento de cámara que nos lleva hasta la figura de Maureen O’Hara, apretando contra su pecho el libro que le acaba de dar su compañero y enamorado (el legado), y mirando hacia donde él acaba de desaparecer.

Sólo unos segundos antes, cuando los nazis irrumpen en el aula, nos enteramos de ello por otro elegante fuera de campo: Laughton está leyendo -recitando, de hecho- el artículo quinto de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano a sus alumnos cuando oímos el ruido de la puerta que se abre y él se gira para mirar a la izquierda de la imagen y pedir a los soldados que no vemos sólo un instante antes de entregarse (“Just one moment, gentlemen, please”).

El héroe que desaparece de espaldas, los emotivos fueras de campo: en esos delicados detalles residen la sensibilidad, la empatía y el humanismo que nos transmite el lenguaje cinematográfico y que hoy se me antojan una aportación nada modesta a nuestra educación cívica. “Goodbye, citizens”, se despide Laughton de sus alumnos, que están de nuevo fuera de campo en ese momento, situados en el mismo punto de vista que los espectadores. Jean Renoir, que filmó This Land is Mine en Estados Unidos mientras su país sufría la ocupación nacionalsocialista, de alguna manera, nos interpela a todos. Adiós, ciudadanos. No pasarán.

 

 

La danza de las almas

En Song to Song, Terrence Malick parece recrearse en algo que siempre ha regido la forma de su cine, el estilo de su puesta en escena: la danza y la música, el movimiento de los cuerpos como materia prima de su forma de expresión cinematográfica. Si sus actores se mueven como se mueven y hacen lo que hacen no es por capricho ni por un gusto equívoco por cierto look de los anuncios de moda. La cámara inquieta de Malick y la estructura de sus filmes quieren captar la delectación y la libertad con la que evolucionan la composición y la interpretación de la música, así como la gestualidad de quienes bailan.

El cineasta vuelve a contarnos un triángulo amoroso en su último largometraje, como en To the Wonder. Pero es Days of Heaven el film del que Song to Song parece una variación, pues aparece de nuevo la figura del amante rico de quien dependen materialmente los otros dos vértices del triángulo (aunque no hay, en la nueva película, un engaño como en la de 1978; la trama es por completo diferente más allá de esos cimientos en común). Malick sigue centrando su cine en la hermosa juventud, interesado por la perspectiva sobre la vida de las personas de veintitantos años, ese punto en el que ya somos adultos pero vemos aún un largo camino por delante y nos preguntamos por el sentido y por el funcionamiento de una vida que se extiende ante nuestros ojos. Y, desde ese punto de vista, el realizador observa cuál es la experiencia del amor, cómo son las relaciones filiales y sus desajustes, tema en el que incidía especialmente en Knight of Cups.

Puede parecer Song to Song un film más sencillo que los anteriores, menos abstracto. Puede incluso resultar más “narrativo” comparado con las películas anteriores de un director que ha sabido encontrar un acento genuinamente poético en su obra. Quizás sea una percepción engañosa. En este su último largometraje, Malick ha llegado a entregarse por completo al tema del amor, asunto capital de la literatura y del cinematógrafo que ofrece una puerta abierta a la indagación sobre la trascendencia, cuestión que tan cara resulta al director de The Tree of Life.

Fijémonos, por ejemplo, en las intervenciones de Iggy Pop y Pattie Smith en la película, encarnándose a sí mismos. Son apariciones, digamos, de tipo documental que se intercalan con naturalidad dentro del flujo de la historia de ficción que nos relata el film. Lo mismo que el desconcertante y divertido paso de Val Kilmer, que no tiene diálogos ni nos aclara realmente qué diantre hace allí. Durante el resto del metraje, la cámara ha seguido desde muy cerca y con fascinación los rostros y los movimientos de los protagonistas: las películas de Malick son, cada vez más, documentales sobre sus actores más que la recreación de sus interpretaciones. De ahí que Smith o el líder de los Stooges comparezcan sin problema as themselves, como nuevas piezas de la danza de los seres que nos muestra Song to Song.

Esa libertad de tono tiene que ver precisamente con la solidez y la intención del “discurso” malickiano; es un guiño que nos permite entender que estamos siguiendo una historia que, como todas las narraciones, implica en realidad fascinantes desviaciones, digresiones, abstracciones. En su cine, lo narrativo, lo poético y lo ensayístico se rozan constantemente. En suma, Malick sigue siendo el místico norteamericano que nos habla, a través de sus imágenes, de la vida en toda su profundidad, del misterio de nuestro tránsito por este mundo; a la manera tal vez de Walt Whitman, que siempre acude a la memoria del arriba firmante cuando ve sus películas.

 

 

Undécima carta

Si alguien quiere tratar de indagar qué diantre es la España actual, le recomendaría que viera Nueve cartas a Berta, tal vez el más bello film de esta malhadada tierra, sin duda la más arrebatadora lamentación cinematográfica por las dos Españas, por el dolor del exilio, por la angustia vital. Nueve cartas… y su tardía continuación, Octavia, son un caso único en el cine de aquí, una experiencia de acento singular nunca antes ni después ensayado en otros filmes, al menos de una manera parecida. Al arriba firmante, le recuerda a ese tono de intimidad que transmite Proust en su recherche, o quizás Philippe Garrel en sus hermosas y dolidas películas sobre el desamor y la pena. Esos paseos nocturnos por Salamanca, tristes y bellos como los de las parejas de Garrel: películas tan diferentes pero que nos han mostrado cómo la imagen cinematográfica se impregna de melancolía, una conquista nada menor.

Tal vez no son sólo esos dos largometrajes los que debería aconsejar sino también Queridísimos verdugos, Canciones para después de una guerra o, mejor, todo el cine -relativamente parco y no fácilmente accesible, debo decir: yo no lo he visto todo- de Basilio Martín Patino (1930-2017), uno de los pocos cineastas que ha podido tener la osadía de hablar de España en graves términos y no hacer el ridículo, sino todo lo contrario. Incluso habría que recomendar Libre te quiero, que me dejó una pobre impresión pero que es obviamente un cierre lógico a la filmografía del realizador salmantino. Cierre ya, sabemos hoy que nos ha dejado y empezamos a añorarlo. Veo esta noche fragmentos en internet y me dejo llevar por la melancolía: “El tiempo no pasa en vano. Es verdad y hoy son otros días y otra realidades”. Adiós, gracias, adiós.